Comencemos con Heidegger: "Entendemos lo pavoroso como aquello que nos arranca de lo familiar, de lo domèstico, habitual, corriente, inofensivo. Lo pavoroso no nos permite estar en nuestra propia casa. Pero el hombre es lo màs pavoroso porque sale o se evade de los lìmites que, al comienzo y la mayor parte de las veces, le son habituales y familiares; porque èl transgrede los lìmites de lo familiar, siguiendo, justamente, la direcciòn a lo siniestro..."
El hombre es, entonces, pavoroso porque sale, violentamente, del lugar en que ha surgido: desgarra la tierra, envenena el aire, trastoca los ciclos naturales. Lo monstruoso en el hombre-lobo no es la bestia (que, como toda bestia, es incapaz de crueldad), sino el hombre y su vocaciòn destructora que va de la mano de su potencialidad creadora, efectos ambos del lenguaje que "cava un abismo en el interior de su ser (...) exponiendo al hombre al absoluto desamparo." Pues "no hay creaciòn que no sea creaciòn significante, por tosco que sea el producto." (Braunstein)
Crear significa ejercer violencia sobre una materia prima para adecuarla al designio de una palabra, es efectivaciòn de un saber que irrumpe y desgarra lo preexistente con vistas a lo nuevo. La creaciòn es un saber-hacer que provoca la apariciòn de un nuevo significante. Y esto, recordèmoslo, podrìa ser una paràfrasis de los argumentos que da Otis, el asesino de las cintas "la casa de los 1000 cuerpos" y "the devil`s rejects" en relaciòn con sus crìmenes. Otis, como muchos otros asesinos del cine (por ahora nos limitaremos a los del cine), es un artista y, como tal, desea perdurar. Èl mismo lo dice: "esta sangre es para siempre". ¿Por què asesina? Acabamos de decirlo, y porque le gusta, claro. Mejor serìa preguntarnos ¿què mata o què es lo que quiere matar cuando asesina a sus vìctimas? Y la respuesta es: a la muerte misma. Pero esto, evidentemente, sòlo la confirma. No obstante, es la ignorancia de este hecho tan simple lo que vuelve a personajes como Otis -y a otros lìderes espirituales- fanàticamente estùpidos, creyentes. Y aùn màs enriquecedor serìa preguntarnos por què resulta tan atractivo el cine de horror, aunque las respuestas probablemente nos resulten un poco desagradables (sì, sòlo un poco). El horror cinematogràfico es erotizaciòn de la culpa y el asesino es encarnaciòn del superyò, heredero èste del mìtico crimen fundante de la cultura. Pongàmoslo en 3 pasos: primero vino dios, luego vino la razòn y hoy viene el asesino serial, hermanàndonos como vìctimas, posibilitando un vìnculo social que de otro modo se nos presenta, hoy, como pràcticamente imposible. La identificaciòn con la vìctima es el anhelo de ser un objeto para el deseo del Otro que en lugar de constituirse como un conjunto de procedimientos para compensar el imposible reaporte sexual, es decir, como cultura, ofrece tècnicas de evasiòn de la realidad.
La cultura se basa en la insatisfacciòn de la sexualidad, y habrìa que recordar que la sexualidad ES insatisfacciòn. Lo cual no significa que el objetivo sea sublimar la sexualidad, sino entender que la sexualidad es ya una sublimaciòn, una simbolizaciòn del goce abundantemente presentado en las pelìculas de horror y en las fantasìas de los neuròticos. Reiteramos: el cine de horror es erotizaciòn del sentimiento de culpa, de la negativa a renunciar al goce, al exceso de placer, a la costumbre, al silencio, es una nueva religiòn que tiene, por lo tanto, un costado humorìstico al igual que otras nuevas religiones de hoy en dìa.
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